Casualidades

Salió a la calle gritando y bailando como un loco porque estaba excitado, no había pensado que él podría ser capaz de hacer eso. Pero por serendipia pasó.

Todo comenzó una mañana anterior cuando el rey paseaba por la terraza de su palacio pensando en la situación de su gobierno y su territorio. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se olvidó que se acercaba la hora del desayuno, oía los cantos de los jilgueros, cuando de repente escuchó la voz de un criado.

El rey enfadado volteó a ver al siervo y dijo – ¿Para qué me molestas! –

– Perdone su Majestad – respondió el siervo – sólo le venía a avisar que el desayuno ya está listo.

– ¡Ahh! Es cierto, el desayuno. – replicó el rey – Se me había olvidado. ¡Ya bajo! ¡Que todo esté listo!

– ¡A la orden su Majestad! – dijo el criado retirándose.

Detenidamente el rey bajó las escaleras, ingresó a un gran salón y comenzó a desayunar. El mayordomo le comentó a su señor que el artesano real iba a terminar ese día “el encargo”. El rey se puso contento y le ordenó a su subordinado que se lo llevara inmediatamente después que estuviera terminado.

Pasó la mañana y por la tarde el rey se reunió con sus consejeros, estaban planeando la defensa de la ciudad ante un ataque sorpresa de sus enemigos. Los comandantes señalaron que todo estaba bien, pero que era necesario reparar algunas cosas.

En ese momento, el rey se acordó que tenía un amigo que sabía mucho sobre artefactos y lo mandó llamar. Al cabo de 30 minutos, el mayordomo lo ingresó en la sala donde se encontraba el rey. Después de dialogar con los comandantes, el amigo del rey hizo algunos planos que servirían para reparar las catapultas dañadas y se los entregó.

Empezaba a caer la noche, los comandantes se despidieron del rey y se fueron. Pero el amigo del rey se quedó con él para platicar sobre algunas cosas. Sin embargo, el diálogo fue interrumpido por la entrada del mayordomo que traía en sus manos “el encargo” recién acabado.

El ostentoso rey se alegró mucho porque “el encargo” había quedado perfecto, pero se lo entregó a su amigo para que asegurara si eso era de oro puro. El amigo del rey se quedó estupefacto y le preguntó al rey el porqué de su petición; éste le dijo que su mayordomo le había entregado un lingote de oro al artesano para que hiciera el símbolo de la monarquía, pero dudaba de su lealtad por los rumores escuchados.

Con este peculiar problema en la cabeza, el amigo del rey salió del palacio y dirigió sus pasos hacia su casa. Al pasar por la plaza sus compañeros de trabajo le invitaron a tomar una cerveza y decidió quedarse para acompañarlos por un rato. En la taberna se quedó 2 horas, cuando llegó a su casa se sintió muy cansado y decidió bañarse tranquilamente. Ingresó al cuarto de baño, se quitó la ropa, se metió a una tina llena de agua… y sorpresa… ocurrió algo que siempre había sucedido, se derramó el líquido. Pero, con su inteligencia analítica, él se dio cuenta de la importancia de esto y encontró la base de lo se enunciaría como un principio físico.

Emocionado por su descubrimiento, desnudo comenzó a gritar ¡Eureka! el grandioso científico griego llamado Arquímedes que se inmortalizaría con el principio que lleva su nombre; el cual enuncia que: “todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del volumen del líquido desalojado.”

De esta manera pudo contestar al rey su pregunta sobre la composición de la corona. Con su experiencia pudo determinar que un lingote de oro desbordaba mayor cantidad de agua que la corona. Por lo tanto, comprobó científicamente que la corona no era de oro puro y que el artesano era, en efecto, un impostor.

El rey, al darse cuenta de la ingeniosa comprobación, premió al día siguiente la brillantez del científico, pero le perdonó la vida al artesano porque éste arrepentido había devuelto, la noche anterior, el oro que se había guardado.

Mexicano, universitario y emprendedor que está en búsqueda de soluciones que, poco a poco, puedan mejorar el mundo. En mi blog comparto reflexiones, críticas y propuestas de lo que leo, veo y escucho.

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